Este mes se cumplen noventa años de que Virginia Woolf dictara su conferencia A room of one’s own; al año siguiente lo publicaría como ensayo

Toda mujer necesita un cuarto propio y 500 libras

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Nº1992 - al de Octubre de 2018

“No te permitiré, por más bedel que seas, que me apartes de la hierba. Cierra con llave tus bibliotecas, si quieres, pero no hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”.

Una habitación propia, Virginia Woolf, 1928.

Virgina Woolf fue una mujer muy peculiar. Nació en Londres en 1882, en lo que hoy llamaríamos una familia ensamblada. Su padre, Leslie Stephen, luego de abandonar su vocación religiosa, se convirtió en un historiador y biógrafo de referencia. Cuando su estudio lo agobiaba, pasaba temporadas en los Alpes escalando. Pionero del alpinismo, no solo llegó a las cumbres sino que editó el  Alpine Journal.

Su madre, Julia, nació en la India, y al mudarse a Inglaterra devino en la musa de varios pintores prerrafaelistas. Ser modelo de pintores era una tradición en su familia, célebre por la belleza de sus mujeres, una de ellas perteneciente a la corte de María Antonieta.

Esta pareja de viudos con hijos (Leslie tenía una hija y Julia tres al momento de casarse) tuvo cuatro niños más: Vanessa, Thoby, Virginia y Adrian.

Virginia creció rodeada de intelectuales y artistas. A pesar de que en la época las mujeres no podían acceder a educación formal, la biblioteca de su padre y su avidez por la lectura le dieron una formación privilegiada y a la vez autodidacta. Tener una biblioteca en casa y autorización para disponer de ella era la única chance para tener acceso al conocimiento.

La familia Stephen tenía buenos momentos en las temporadas en la playa en Cornualles, en las tertulias, la mesa larga, la biblioteca inmensa y un padre que les leía en voz alta a sus hijos e hijas.

La madre murió cuando Virginia tenía trece años. (Virginia fue abusada sexualmente por uno de sus hermanastros). Con el tiempo, comenzaron las crisis, los síntomas de su bipolaridad, cuando aún no se conocía la palabra.

En octubre de 1928, Virginia Woolf viajó en auto hasta la Universidad de Cambridge, donde dictó dos confererencias en los dos colleges exclusivamente de mujeres. A la escritora no le gustaba dar charlas, y después escribió: “Gracias a Dios, el trabajo arduo que significó la charla para las mujeres, se acabó. Chicas con hambre, pero valientes: esa es la impresión que me dejaron. Inteligentes, entusiastas, pobres […] les dije que debían tener un cuarto propio…”.

Depresiones y euforia

Y escribir, y leer. Todos los días. Virginia no solamente escribía ensayos y novelas. Llevaba un diario minucioso.

Luego de la muerte de su padre en 1905, la familia se muda a Bloombsbury, en el centro de Londres.

Una vez a la semana algunos miembros de los Apóstoles de Cambridge, una  sociedad secreta de la Universidad de Cambridge, a la que pertenecían los hermanos de Virginia, se reunía en esos jardines a debatir. De esas reuniones surgió el Grupo de Bloomsbury, usina de escritores, artistas y filósofos.

Virginia escribió desde siempre, con el mismo talento con el que su hermana Vanessa pintaba. Ambas hermanas, testigos y protagonistas de una época, rodeadas de hombres con acceso a las universidades, con derecho al voto, se las ingeniaron para hacer oír sus voces.

A los treinta años Virginia se casa con uno de los miembros del Grupo de Bloombsbury, Leonard Woolf, con quien permanecería por el resto de su vida.

Juntos fundaron la editorial Hogarth Press, donde Virginia publicó sus novelas y ensayos, y Vanessa diseñó las portadas. Todo el círculo de artistas e intelectuales de su ámbito publicaron allí también, entre ellos Katherine Mansfield, T. S. Eliot y Sigmund Freud.

Una habitación propia, o el derecho a cerrar la puerta

En octubre de 1928 fue convocada por las dos únicas universidades que aceptaban mujeres en Inglaterra para que diera una conferencia: en Newnham College se presentó el 20 y en Girton, el 28 del mismo mes.
Esas dos conferencias, un año después, se convirtieron en el ensayo publicado bajo el título Una habitación propia.

Esos dos grupos de alumnas —aún lejos de tener los mismos derechos que sus pares hombres— a las que fue dirigida la conferencia se multiplicaron por millares, generación tras generación, durante las últimas nueve décadas.

“Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción”, dijo. Cuando Virginia escribió este ensayo aún faltaba un año para que las mujeres tuvieran derecho al voto. Militante sufragista, fue más allá. “¿De qué nos sirve votar, si no disponemos de nuestro propio dinero y de un espacio ajeno a la vida doméstica para sacar adelante nuestros proyectos personales?”.

La consigna para estas conferencias era la relación entre las mujeres y la ficción. Transformó lo que hubiera podido ser una sucesión de nombres de autoras y estilos en un manifiesto, de principio a fin.

En la conferencia planteó un personaje inventado para desarrollar su idea: qué hubiera sido de Shakespeare si fuera mujer. También reivinidicó a Jane Austen y Emily Brontë pero se preguntó: “¿Qué habían estado haciendo nuestras madres para no tener bienes que dejarnos?”

Ironizó respecto a que muchas de las respuestas a esas incógnitas, “las estudiareis cuando cuentes con quinientas libras al año”. También hizo desfilar con total impunidad a los hombres más poderosos y machistas de la historia, Napoleón, Mussolini; le agradeció la comprensión a Goethe.


Pero por sobre todas las cosas, no pensaba que el lugar de una escritora era simplemente un cuarto con vista a un jardín florido, de los tantos que tuvo; fue más allá. Se pregunta si Tolstoi hubiera podido escribir La guerra y la paz desde su escritorio.

Librepensadora, bisexual, bipolar, inspiradora de mujeres que han inspirado a otras, desde Coco Chanel hasta Patti Smith, su ensayo se considera un hito en la historia del feminismo.

Su enfermedad —tratada por un médico que utilizaba métodos casi sádicos— se hizo cada vez más incontrolable. Decidió irse. Antes de llenar los bolsillos de su saco de piedras y sumergirse en el río Ouse, —era una gran nadadora y le temía a su propio instinto de supervivencia— le dejó una carta a su esposo: “Ya no puedo leer ni escribir. Hemos sido inmensamente felices”. No podía subsistir sin eso.

A las nuevas generaciones les legó este ensayo: lean, defiéndanse, tengan un cuarto, tengan su sustento económico. Y nada las va a vencer.

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