Mi pasado me condena

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Nº2071 - al de Mayo de 2020
por Mercedes Rosende

Hay una página de Facebook con más de 17.000 seguidores que publica versiones digitales de libros, algunos de dominio público y otros sujetos a derechos de autor; hay una escritora argentina que entra a esa página y pide que no suban los PDF de sus libros; hay insultos, ironías, agresiones, escraches; hay una discusión feroz entre lectores, escritores, docentes, libreros, diseñadores y editores planteada en términos de piratería versus derechos de autor.

Por vez número N se enciende la polémica sobre la gratuidad de la cultura, o mejor dicho sobre la gratuidad de los bienes de la cultura, y se reabre la brecha entre las dos corrientes de opinión: la de los defensores de la socialización de los libros y la de los abanderados de los derechos de autor.

A favor de bajar libros de Internet se ha dicho que los tiempos de cuarentena son difíciles y que los escritores deberían mostrar solidaridad con la sociedad; o que debe priorizarse al lector que no accede al precio del libro; o que, en definitiva, no hay diferencia entre una biblioteca física, siempre aceptada, y una virtual; o que de los libros no se vive y que el autor casi siempre debe tener otro trabajo con el que mantenerse además del magro 6-10% que cobra por su obra. Y, cómo no, se cita como un mantra la alternativa de hierro entre mercado y socialismo.

Desde el otro rincón del ring se sostiene que si el escritor no cobra derechos no puede profesionalizarse, se precariza su trabajo y se crea una literatura elitista (solo podrían escribir los que tienen otras fuentes de ingresos); o que vivimos en un sistema capitalista y que es ridículo socializar los bienes de la cultura pero no los del horticultor o el trabajo del electricista; o que legalmente hay un delito en la piratería, difícil de perseguir la mayoría de las veces, pero delito al fin.

Toda la discusión queda así reducida a una puja aparente entre lectores y autores, entre consumidores y productores. Pero ¿es realmente así? ¿Puede uno sobrevivir sin el otro? ¿El escritor no es también un lector, quizá en PDF? ¿Son posiciones irreconciliables o es una antinomia artificial? Tal vez lo primero para abordar el tema sería alejarnos de las posiciones irreductibles y de la violencia con las que se defiende cada una, porque ni bajar un PDF es tomar el Palacio de Invierno, ni reclamar su derecho transforma al creador en un salvaje capitalista. Y tener en cuenta que el asunto, cuándo no, se entreteje con un rosario de cuestiones conexas difíciles de analizar: la cadena de intermediarios y sus ganancias, los precios del producto, la concentración de empresas multinacionales, el porcentaje que llega a manos del creador de la obra.

La digitalización obligó a cambiar los modelos de producción, distribución y consumos, y también habilitó el acceso de cualquier persona a casi cualquier contenido. Desde entonces han surgido ideas en torno a la utilización del dominio público, al llamado copyleft, a las licencias creative commons o bienes de acceso abierto, por mencionar solo algunas. Pero estamos lejos de un acuerdo que habilite un sistema legal justo y consensuado, y hay que confesar que es difícil encontrar un equilibrio, pensar desde otro ángulo las formas de la producción editorial, literaria, intelectual de manera que se contemplen todos los derechos.

En esa indefinición resulta incómodo asumir una posición respecto a la piratería sin caer en la hipocresía buenista, en declaraciones moralizantes o meramente legalistas.

Y sí, quisiera poder decir que siempre estuve del lado de los buenos, de los que pagan por la totalidad de lo que consumen. Sin embargo.

Resulta que he pasado los últimos 10 años, qué digo 10, más de 20 años de mi vida perpetrando actos de piratería: bajé música, copié libros, vi películas en enlaces ignotos, publiqué fotos, leí notas de prensa, jugué y usé software sin pagarle a sus autores o a los propietarios de las licencias.

Creo que el cambio de milenio nos encontró desarmados frente al universo infinito de bienes ofrecidos gratuitamente por Internet. Nos poseyó una avidez angurrienta, una codicia por esas cosas que carecen de una entidad física que nos interpele cuando nos las apropiamos, cuando tomamos el fruto del trabajo de otro sin retribuirlo. Quisiera poder decir que siempre estuve del lado de los buenos, decía, pero mi pasado me condena: el consumo, así sea cultural, tiene una luz helada y fascinante que brilla y encandila. Fue muy fácil tomar un bien, disfrutarlo, y fue espinoso reconocer que me estaba apropiando de algo, que del otro lado había un creador que intentaba vivir de su trabajo.

Hubo un día cero en la construcción de un sistema ético (pido disculpas, no sé de qué otra manera llamarlo para que no suene rimbombante y a la vez evitar la palabra valores). Hubo un día en el que empecé a pagar a autores (escritores, músicos, periodistas) latinoamericanos en general y uruguayos en particular. Sabía que los creadores de Asia y África también tenían que vivir de su trabajo, hasta los del primer mundo donde no todo son rosas, pero hasta ahí llegué en ese primer momento. Compré libros, sobre todo, pero también pagué por bajar programas informáticos y música y video. Hubo un día en el que lo extendí a la prensa que me gustaba, la que creí que era valiosa o independiente, incluso la del primer mundo. También hablé con otras personas que hacían algo parecido, un subsistema subterráneo de éticas individuales y coincidentes. Sin estadísticas a mano, sin ninguna investigación que lo avale, hoy estoy convencida de que los que piratean libros son los mismos que los compran.

No pago por todo lo que quiero o necesito leer/ver/escuchar/aplicar, quiero mucho más de lo que podría comprar, pero intento buscar un equilibrio individual, y estoy convencida de que hay que trabajar en lograr la intersección entre los derechos del autor y los del lector, la confluencia que permitiría vivir de su creación a uno sin limitar el acceso del otro. Porque en esto de la gratuidad de la cultura, o mejor dicho de la gratuidad de los bienes de la cultura, el paradigma de los derechos de uno y otro no debería ser una elección moral, sino el resultado de la aplicación de normas objetivas que se adapten a los nuevos tiempos.

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