Pablo da Silveira. Foto: Nicolás Der Agopián

El paso del tiempo no es “neutro” y cada día “se debilita” más en la población vulnerable la idea de que hay que ir a clases

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Nº2072 - al de Mayo de 2020
entrevista de Juan Pablo Mosteiro y Federico Castillo

El ministro de Educación y Cultura, Pablo da Silveira, mira por el ventanal de su despacho con una estupenda vista a la bahía de Montevideo. Todo lo que se ve es mar a través de la ventana del noveno piso del edificio de la calle Reconquista, que se parece mucho a la proa de un barco. “Me siento el capitán de un Buquebús”, bromea el ministro.

Es martes por la tarde y apenas empieza la culminación de una serie de reuniones que han copado su agenda. Es una semana clave. El retorno a las clases, el anuncio (que el jueves 21 hizo el presidente Luis Lacalle Pou) sobre cómo y cuándo vuelven los niños a la escuela. La nueva normalidad y una nueva perilla que se abre. “Nosotros queremos volver, queremos que haya clases”, enfatiza Da Silveira.

Dice que habrá tres criterios para la vuelta: será gradual, será diferenciada por departamentos y será voluntaria. También avisa que si los casos de coronavirus se disparan no habrá “orgullo herido” para meter la marcha atrás. Pero insiste en lo necesario del retorno para atajar la deserción educativa y para no prolongar una brecha social que quedó más expuesta con la pandemia y la educación a distancia.

Lo que sigue es un resumen de su entrevista con Búsqueda.

Durante esta emergencia sanitaria el presidente ha insistido mucho en el concepto de la libertad. Estamos a horas de un anuncio sobre la vuelta a clases que abre una nueva ventana en ese sentido, ¿qué tanto influyó esa idea de la libertad a la hora de tomar decisiones en la pandemia?

—El concepto de libertad es un concepto central en la tradición política del Partido Nacional. Por eso no es raro que un presidente que surge de ese partido haya insistido con tanta vehemencia en eso. Es además inseparable del concepto de responsabilidad. Los únicos seres que son capaces de ejercer la libertad son los seres capaces de ejercer la responsabilidad. Nosotros somos profundos defensores del gobierno limitado, de la independencia de la sociedad respecto del Estado, de la capacidad de la gente de tomar decisiones que marquen el rumbo de sus vidas, y sin dudas estas cosas nos influyen. En este caso además había una evaluación política que decía que si entrábamos por el camino de la imposición íbamos en una dirección extremadamente complicada porque no hay obligación de permanecer en un lugar o prohibición de circular por otros sitios si no hay control y eventualmente represión. Por eso tuvimos muy claro desde el minuto uno que ese era un camino que no queríamos recorrer. Todo esto se juntó con una confianza muy grande en la sociedad uruguaya, en ese uruguayo sensato, equilibrado, capaz de manejar bien sus emociones y sus decisiones en circunstancias en las que otros de repente pueden perder el control.

Apostaron a la respuesta de la ciudadanía en un momento donde había mucha incertidumbre global.

—Nosotros, el núcleo más próximo al presidente, teníamos claras dos o tres cosas. Teníamos claro que era muy probable que nos tocara enfrentar al coronavirus, no pensábamos que fuera a ser tan rápido, sino que podía llegar a aparecer en algún momento del invierno. Teníamos claro, porque estábamos mirando lo que estaba pasando en el mundo, que si nos tocaba había que actuar muy rápido, que a ese bicho había que matarlo de chiquito. El gran error de los países europeos fue que demoraron mucho en reaccionar, en tomárselo en serio. Y nosotros percibimos que cuando este fenómeno pasaba ciertos umbrales se volvía indomable. Suspendimos los espectáculos públicos cuando había cuatro casos y suspendimos las clases en todos los niveles cuando había seis personas diagnosticadas. Ningún país en el mundo actuó tan rápido. Nuestra estrategia fue hacer un cortafuego temprano y luego medidas que apostaran mucho a la responsabilidad de la gente.

El viernes 13 anunciaron que la asistencia a clases sería optativa y 24 horas después corrigieron y suspendieron todos los niveles de la enseñanza.

—Porque vimos que los casos venían aumentando. Tomamos dos decisiones muy radicales enseguida, una fue suspender todos los espectáculos públicos. Me acuerdo de que esa noche, después de salir de la Torre Ejecutiva iba para mi casa y cuando pasaba por la rambla del Parque Rodó estaba el escenario del Montevideo Rock… Me impresionó la imagen: nosotros acabamos de suspender esto. Y junto con eso ya declaramos la voluntariedad de la asistencia a clases, lo que muestra una orientación que estaba desde el principio, la idea de voluntariedad más el ejercicio de la responsabilidad. Al día siguiente vimos que no eran casos aislados, que el coronavirus ya había llegado, y suspendimos las clases. Fuimos mucho más adelante de las recomendaciones que la Organización Mundial de la Salud (OMS) estaba dando en ese momento.

¿Y qué evaluación se puede hacer a más de dos meses de esas medidas?

—Los sentimientos son mixtos. Por una parte, en términos de control de la epidemia nos ha ido muy bien. Hace dos meses se pronosticaba que a mediados de mayo íbamos a tener miles de casos…

Desde el propio gobierno se pronosticó eso.

—Sí, sí. Eran los datos que se consideraban razonables en ese momento. Ahora estamos debajo de 150 casos activos, estamos muy lejos de saturar la capacidad de CTI instalada. En términos de control de la epidemia, hasta ahora, nos ha ido muy bien. Resalto el hasta ahora porque acá no hay que cantar victoria. No sabemos en qué vamos a estar en 15 días. Nadie sabe. De ninguna manera podemos creer nosotros ni instalar en la opinión pública la idea de que el partido está ganado. Este partido se puede complicar en el minuto que viene y no se nos puede desordenar el cuadro.

¿Cómo se conjuga ese discurso con la apertura de algunas actividades?

—Justamente porque evitamos el crecimiento exponencial de casos, porque estamos con una cantidad de casos moderados y estables, tendiendo a la baja, podemos permitirnos abrir algunas perillas o ventanas que son importantes. En la educación estamos muy contentos de habernos podido servir de las plataformas Ceibal, que existían pero hubo que fortalecerlas. Y estamos muy contentos de que la cantidad de usuarios de estas plataformas se multiplicó por más de 12 en pocas semanas. Pero los datos también muestran que esto tiene límites. Muestran que los sectores más vulnerables no se conectan. Esta no es una inequidad que haya creado la educación a distancia.

Es un espejo de lo presencial.

—Los sectores vulnerables son los que más abandonan, los que más repiten. La educación a distancia prolongó inequidades que ya existen en el mundo real.

Amplió la brecha.

—Bueno, la amplía si se prolonga. Porque efectivamente ahí está el problema. Uno de los puntos que más nos preocupa es el primer año de la educación media. Son chicos que tuvieron dos semanas de clases en el liceo o en una escuela de UTU y nunca más. Y en los sectores más vulnerables, aún a esas edades tempranas, es un fenómeno lamentablemente frecuente. Cada día que se prolonga esto es un día en que la idea de que sí hay que ir al liceo o la UTU se debilita. Lo mismo pasa al final de bachillerato, donde mucha gente abandona porque busca trabajo. O sea, no es que el paso del tiempo sea neutro. El paso del tiempo aumenta las brechas, aumenta los costos en términos de aprendizajes perdidos, aumenta los riesgos de desafiliación de una cantidad muy importante de gente. Por eso no queremos cruzarnos de brazos. Si fuéramos un gobierno oportunista hasta podríamos decir: mejor que no haya clases mientras se procesa la ley de urgente consideración (LUC), va a haber menos lío. No. Nosotros queremos volver, queremos que haya clases. Por esas cuestiones que generan inequidad. El problema existe y nos preocupa mucho. Y por eso queremos empezar el operativo del retorno a clases. No es una contradicción con lo que veníamos haciendo hasta ahora. Más bien es que lo podemos hacer porque lo que veníamos haciendo hasta ahora funcionó. Por eso podemos dar estos pasos. Pero aun así queremos ser muy prudentes.

¿Y cómo se prepara esa vuelta?

—El gobierno definió tres criterios. Va a ser un retorno gradual. Nadie está pensando que de la noche a la mañana todos los alumnos vuelvan a clase. Va a ser un retorno geográficamente diferenciado, porque el virus se comporta geográficamente diferente. Si uno mira el mapa, al norte del río Negro hasta ahora ha habido muy pocos casos. Y en el sur la gran concentración está en Montevideo y luego en Canelones. Entonces, como el virus se comporta de una manera geográficamente diferenciada, también el retorno a clases tiene que ser así. Es un criterio que ya usamos en la educación rural. Y el tercer criterio es que será una decisión voluntaria. Acá no hay verdades reveladas. Acá nadie puede darle a nadie seguridades del 100%, entonces si hay padres que consideran que no hay condiciones de seguridad sanitaria para que sus hijos vuelvan a estudiar, tendrán derecho a decidirlo responsablemente mientras dure la emergencia sanitaria.

¿Este retorno está previsto para junio?

—Las autoridades de ANEP (Administración Nacional de Educación Pública) están trabajando en un calendario que va a estar pronto en las próximas horas. Es una tarea de ANEP en el marco de su autonomía definir ese calendario. Nosotros respetamos escrupulosamente la autonomía. El gobierno central levanta la llave general y dice si hay condiciones para un retorno a clases, pero es la ANEP la que enciende o no los interruptores de las distintas habitaciones de la casa, según las condiciones que existan.

Lo del retorno geográficamente diferenciado significa que hay departamentos en los que todavía no está prevista la vuelta a clases.

Probablemente signifique que Montevideo y Canelones van a ser los últimos departamentos en normalizarse.

Pablo da Silveira
Foto: Nicolás Der Agopián

—En una entrevista con Montevideo Portal dijo que de chico quería ser bombero y arqueólogo. Ha tenido que apagar algún incendio; pero a nivel de hallazgos ¿con qué se ha encontrado en estos dos meses al frente del Ministerio de Educación?

—Nos hemos encontrado con un ministerio bastante desordenado, con falta de claridad estratégica en una serie de áreas, y con desprolijidades en el manejo cotidiano de los asuntos. También nos hemos encontrado con un funcionariado muy bien dispuesto, con ganas de trabajar.

¿Cuáles son esas desprolijidades?

—Estamos todavía relevando información. De hecho, hay algunas investigaciones administrativas en curso. Prefiero no hablar públicamente hasta no tener un panorama claro de la situación porque no me gusta cometer injusticias ni decir cosas que no son.

De acá a cinco años, ¿qué se plantea construir?, ¿cuáles son los objetivos, los indicadores de éxito?

—Modificar la gobernanza del sistema educativo para hacerlo más ágil y más eficiente, más flexible a las necesidades de los uruguayos. Conseguir al menos revertir algunas tendencias muy negativas que el país tiene en materia educativa, como el abandono estudiantil, la baja tasa de egresos en educación, fortalecer mucho la formación docente, reordenar el sistema de ciencia y tecnología, modernizar mucho la gestión cultural, dinamizarla. Esos son los grandes objetivos. Si conseguimos una parte significativa de eso voy a estar muy contento.

Con el tema de la deserción arranca muy de abajo. La pandemia no ayudó en nada.

—No, no suma nada. Era un problema grave y la pandemia lo hace más grave. Ahí hay dos o tres líneas muy importantes. Una es modificar el funcionamiento de los centros de estudio. Los centros que más retienen estudiantes son los que tienen una identidad propia, con sentido de comunidad y pertenencia, y con relaciones humanas muy personalizadas. Después hay un problema curricular. Hace falta realizar esfuerzos de rediseños en lo curricular que entre otras cosas le dé sentido al hecho de estudiar. Uno de los problemas que tenemos es que muchos jóvenes uruguayos no entienden por qué tienen que seguir yendo al liceo. Porque no encuentran ahí nada que de algún modo se vincule con sus necesidades de corto plazo. Todos estos son problemas complejos, y los problemas complejos requieren soluciones complejas. No hay una bala de plata que resuelva todos los problemas.

Los textos, las formas de enseñar, quedan viejas en el 2020.

—Y hay mentalidades que quedan viejas. Y hay que dejar de pensar tanto en la enseñanza para pensar en el aprendizaje. En Uruguay todavía tiene cierta fuerza una concepción pedagógica que tenían los reformadores franceses del siglo XIX. El objetivo era que a la misma hora se estuviera dando en todas las escuelas de Francia la misma lección. El supuesto era que eso iba a asegurar que todos aprendieran lo mismo. Hoy sabemos que no. La misma lección dicha con las mismas palabras a un chico de la costa de Montevideo o a un grupo de alumnos en la cuenca Casavalle no va a ocasionar los mismos aprendizajes. Porque los códigos con los que se interpreta son diferentes, sus preocupaciones son diferentes, hasta el vocabulario es diferente. Si uno quiere lograr los mismos aprendizajes tiene que enseñar de manera diferente, porque los alumnos son diferentes. Todo eso exige un cambio que abarca desde la formación docente hasta lo curricular, pasando por los centros educativos.

Un cambio ambicioso…

—Un cambo ambicioso que seguramente no se va a cumplir en cinco años. Aspiramos a poner en marcha dinámicas de cambios que modifiquen tendencias. Si conseguimos eso va a haber sido bastante.

¿Cómo ve el trámite del capítulo sobre educación de la LUC?

—Muy conversado y con apoyo muy sólido de la bancada de la coalición. Días atrás estuvimos 11 horas discutiendo en el Parlamento, básicamente con los senadores de la oposición, y quedó claro que no tenemos diferencias en los grandes objetivos: bajar las tasas de abandono, avanzar hacia una formación en educación de nivel universitario, mejorar la calidad de los aprendizajes.

Algunos chisporroteos hubo con la pretendida gobernanza...

—Ahí tenemos un chisporroteo. Pero hay espacio para seguir dialogando. Que haya espacios de discrepancia es lo normal en una democracia sana. Por eso se vota y se cambian los gobiernos. Estamos en un momento de la historia educativa del Uruguay donde se abren espacios para intentar construir más de lo que hemos logrado en los últimos años.

Pablo da Silveira
Foto: Nicolás Der Agopián

El Frente Amplio y los sindicatos señalan que la LUC contrabandea en su articulado una ley de educación alternativa a la aprobada por la izquierda en 2008. ¿Qué dice a eso?

—Nos preocupamos mucho de que no fuera así. Si uno mira la cantidad de artículos que se cambian sustancialmente apenas es un 30% del total de la ley vigente. Después hay cambios de armonización, pero los de fondo no llegan a la tercera parte de esa ley que no me gusta. Porque es mala en muchos sentidos...

Si es tan mala, ¿por qué no se aprovechó la LUC para cambiarla toda?

—Por un sentido de urgencia. La ley de urgente consideración no es el camino para cambiar una ley de educación. Acá hay que resolver en el menor tiempo posible otros problemas que son muy acuciantes. Si lanzamos ahora un gran debate sobre una ley de educación alternativa vamos a estar tres años discutiendo. Y si bien es algo que el país se debe, se merece una mejor ley, no está en los objetivos del gobierno hacerlo ahora.

Sin embargo, el corredactor de esa ley y entonces director de Educación, Luis Garibaldi, dijo que se trata de un “cambio drástico” en la organización, que “desmerece a la educación pública, desregula el trabajo docente, fragmenta el sistema” y concibe a la educación “como una política de gobierno y no de Estado”. ¿Qué responde usted?

—Que no estamos en nada de acuerdo. Ahora, es muy curioso que diga eso quien redactó la única ley de educación en la historia del país aprobada con los votos de un solo partido, y ni fue votada por todos los legisladores del Frente Amplio.

¿Qué lecciones se aprendieron de estos meses de clases “anormales”? ¿Cómo imagina el mundo educativo pospandemia?

—La tendencia a vincular lo presencial con lo virtual —que existía antes del Covid-19, aunque tal vez ayudó a acelerarla— es fuerte, pesada y continuará. La experiencia muestra que es muy bueno invertir en infraestructura tecnológica y desarrollos pedagógicos para educar a distancia con calidad. Pero nadie sensato piensa que la educación presencial pueda ser sustituida por la remota. La experiencia de estos meses sugiere lo contrario: el vínculo personal y cotidiano entre docentes y alumnos sigue siendo insustituible y probablemente lo será siempre. Ahora vamos a tener un menú de opciones más rico. Y eso es bueno.

—¿Cabe dar marcha atrás en la vuelta a lo presencial?

—Siempre puede haber una marcha atrás, lo hemos dicho desde el principio: la estrategia es paso corto, evaluación, paso corto. Y si hay que dar marcha atrás se hará sin ningún sentimiento de orgullo herido.

Recuadro de la entrevista

▪ “Los sindicatos ultracorporativos van a perder”

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